Y la ciudad será nuestra: crónica de una visita a Poble Nou

Tengo la suerte de poder colaborar con  Guanyem Barcelona, un proyecto ciudadano de toma de las instituciones municipales.

Aquí os dejo la crónica que escribí sobre la presentación en el barrio de Poble Nou –Barcelona–.

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Dibujo: Sergio Espín @3eses

 

Si estabas allí la viste: unos sesentaytantos, gafas verdes, pelo corto, caminaba con una muleta. Parecía frágil pero cogió el micro, empezó a hablar y ahí mismo entendimos qué es la fuerza. Era el turno de palabras. Guanyem fue a preguntar a los vecinos de Poble Nou qué significa ganar la ciudad para sus habitantes. Y hubo muchas respuestas, como la de la mujer de gafas verdes.

La fuerza es la firmeza, la generosidad, las luchas enraizadas en el territorio, los años acumulados a pie de calle. La mujer se llama Montse, pertenece a la Asamblea Solidaria Contra los Desalojos. Lo que aprendimos: ganar significa no dejarse a nadie fuera. Montse también nos explicó el verdadero sentido de la confluencia: ya se está dando en batallas como la que llevaron a cabo estos vecinos contra el desalojo de los 300 inmigrantes sin papeles de una nave de Poble Nou, aunque las reivindicaciones continúan una vez desalojados. Dijo Montse que para confluir hace falta generosidad, y que “la generosidad se demuestra cuando ponemos por delante de las diferencias un objetivo que es común y que es capaz de hacernos dar lo mejor de nosotros”.
Parece una buena definición de la tarea que Guanyem tiene por delante.

¿Por qué vale la pena intentarlo? Los habitantes del barrio tomaron el micro y contestaron: que los migrantes sean ciudadanos de primera, mejor transporte público, edificios dignos para los niños que estudian en barracones, apoyo a la autogestión y a las cooperativas, participación que realmente sea escuchada…

Las propuestas están en la calle. Un simple micro, un espacio pensado para escucharnos en una plaza cualquiera de la ciudad evidencia que “estamos preparados” para este reto, como dijo Raimundo Viejo –de Guanyem–

 

En la calle también están los vecinos

Hay propuestas –posibles, imprescindibles– y personas para llevarlas adelante. “Tenemos motivos reales para sentirnos optimistas: hemos descubierto que somos mayoría, tenemos más poder de lo que pensamos: paramos desahucios, paramos privatizaciones de escuelas y de hospitales. Ellos tienen más miedo que nosotros”. Dijo Ada Colau.

Las personas que viven en Barcelona son vecinos. Vecinos porque viven juntos, porque como Montse, se hacen responsables de los otros habitantes de Barcelona. Los migrantes son vecinos. Los vecinos constituyen el tejido de una ciudad y sostienen las luchas que han hecho lo mejor de esta Barcelona cuyo destino a veces parece que se nos escapa. La biblioteca frente a la que se desarrollaba el acto –Can Saladrigas– es fruto de una de estas reivindicaciones del barrio que tardó dos décadas en concretarse, como recordó Joan María Soler. En ese tiempo, el paisaje urbano de Poble Nou se transformó profundamente. A veces muy lejos de los deseos y necesidades de sus habitantes que no han cejado en su empeño de contar –de querer ser tenidos en cuenta–. Pero Joan María dijo que debería ser la administración la que les consulte, que debería ser más fácil. A veces, que el Ayuntamiento escuche, cuesta batallas sin tregua en nuestras calles. ¿Y qué sería de esta ciudad sin esas batallas? La biblioteca nos recuerda que Barcelona no sólo se piensa y se hace desde arriba. Desde siempre y desde abajo se ha creado un urbanismo de la resistencia. A él le debemos las mejores cosas que tiene la ciudad. Con él debemos contar para ganar Barcelona.

Como dijo Ada Colau: “Somos mayoría, si nos organizamos, podemos escribir el final de esta historia”.

Llegar a las instituciones desde los movimientos

La pregunta por la relación entre movimientos sociales e instituciones es un pregunta central del momento histórico que nos ha tocado vivir. Hay mucho por decir, aquí simplemente unas notas que salieron publicadas en El Diagonal.

Sobre estas cuestiones debatimos en el curso de Nociones Comunes Barcelona que organizamos desde la Cooperativa La Hidra junto con el Igop. Los audios están colgados aquí junto con la información del curso.

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¿Quiénes somos? Somos los de abajo contra los de arriba. Pertenecemos a los movimientos sociales que nos reconocemos en el 15M y que venían de antes, o que nacieron ahí desbordando por fin la política de minorías. Los que somos más viejos nos formamos antes del 15M mirándonos en el zapatismo, leímos _Cambiar el mundo sin tomar el poder_ y viajamos también de contracumbre en contracumbre, durmiendo en el suelo en cualquier parte y popularizando siglas como FMI, OMC y la palabra capitalismo.

Después del 15M y la irrupción de Podemos nos encontramos en este punto, mirándonos en el abismo de lo que intuimos como una certeza: en este nuevo ciclo de luchas la política de movimiento pasará necesariamente por las instituciones. Para los que en el pasado vivimos a la sombra de la autonomía el momento nos exige saltar sobre las presunciones construidas durante toda una vida. Para todos, la situación está llena de preguntas complejas que tendremos que responder colectivamente. Entre ellas, la de cómo crear nuevas instituciones a la altura de nuestras aspiraciones que quizás no hayan sido pensadas antes.

Con esta mochila a cuestas es cierto que la apuesta municipal da menos vértigo que otras escalas. Es en el ámbito local donde la política cara a cara puede darse más fácilmente y donde parece posible abordar una aplicación más sencilla del bagaje asambleario y las herramientas movimentistas de organización.

Pero la pregunta por la relación entre democracia y formas organizativas nos lleva también a la certeza de que tomar las instituciones no es suficiente. Ganar unas elecciones no es tener el poder, cualquier intervención en ese ámbito tiene que estar sostenida por un espacio político organizado desde fuera. Pero entonces, ¿cuál debería ser la relación entre movimientos sociales e instituciones?

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Ganar Barcelona: un reto a la altura de las posibilidades

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Hace un poco más de un año que volví a Barcelona. Si en ese momento me hubiesen dicho que  hoy y en tan poco tiempo estaría participando en una plataforma ciudadana que se plantea acudir a las elecciones muncipales de Barcelona, y además, ganar, pensaría que estaban locos y que yo nunca lo estaría tanto como para hacer algo así. Pero resulta que después de todo está pasando. Se llama Guanyem Barcelona.

Mucho ha tenido que moverse pero después de muchas discusiones, de volvernos locos unos a otros, de ponernos en cuestión profundamente, de tener que renunciar a tics de nuestro pasado,  de aprender a superar miedos y a confiar en gente tan distinta y saber que eso es una cosa que te potencia… Después de todo eso, ahora simplemente parece que no podríamos estar haciendo ninguna otra cosa. Eso está calando en mucha otra gente. Ayer estuve en Madrid, donde algo parecido se está produciendo: Municipalia. Pero también nos llegan voces de Andalucía y de otros lugares del Estado. De pronto el sentido común es que hay que intentar tomar las instituciones que deberían ser de todos.

Aquí algo que escribí sobre el sentido de todo esto y algunas preguntas que nos hacemos:

Fue publicado originalmente en eldiario.es: Castellano  /  Catalán

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Guanyem Igualada, Guanyem Mollet, Guanyem Hospitalet, Guanyem Terrassa y hasta Guanyem Madrid. Apenas unas horas después de que se hiciese pública la iniciativa de Barcelona, nuevos perfiles de Twitter y Facebook como estos eran reservados y hasta compartían espontáneamente un mismo logo.

Las expectativas que ha generado esta propuesta no sólo tienen que ver con el perfil público y la credibilidad de Ada Colau. Están relacionadas con que Guanyem Barcelona se identifica como la primera apuesta de movimiento post 15M para las elecciones municipales. Un intento virtuoso de encajar lo mejor que dio cuerpo a la toma de las plazas: activistas que dejan atrás identidades resistencialistas, gente sin militancia previa movilizada recientemente por los impactos de la crisis y personas de las bases de partidos que piensan que las cosas pueden hacerse de otra manera. Todos trabajando juntos con un objetivo común: ganar una ciudad para la revolución democrática, detener la creciente brecha que divide Barcelona entre barrios ricos y pobres y el sufrimiento cotidiano que esto implica para una gran parte de las personas que la habitan.

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Una batalla por nuestras vidas: cómo resituarse tras el 25M

Publicado originalmente en el Diagonal el 2/6/2014

Muchos amanecimos felices tras las elecciones europeas. El café de la mañana sabe mejor en un país donde la austeridad –aparte de pérdida de derechos y sufrimientos– ha provocado una sacudida del sistema político. El bipartidismo se cuartea.

La mayoría absoluta que obtuvo el PP tan sólo medio año después de la explosión del 15M parecía ir contra la lógica de la revuelta. Parecía también que la gestión neoliberal de la crisis iba a pasar sin consecuencias más allá del consabido relevo entre partidos. Partida de ping pong disfrazada de democracia. Mecanismo de gobierno del cuerpo social inquieto tan viejo como la Transición.

Aunque había un rumor de fondo, la estabilidad provocada por la holgada mayoría del PP; la disciplina que ata a los grupos parlamentarios en España y la campaña bipartidista de los grandes medios de comunicación de los últimos meses habían generado el espejismo de la invulnerabilidad del régimen. Nada iba a cambiar. El techo de cristal de los movimientos ciudadanos estaba para quedarse.

Grietas

O no. Tras las europeas la partida es otra. El desempleo, la pobreza, la exclusión, la precariedad, –el dolor social– están socavando el régimen político. No hay sistema de partidos que aguante la imposición deliberada y continuada de medidas recesivas que estrangulen a su población. Sea cual sea el diagnóstico sobre la pervivencia o el significado del 15M, a tres años de su eclosión es indiscutible ya que ha condicionado la expresión de esta crisis del sistema político. Otros ciclos insurreccionales europeos –como el Mayo del 68– fueron mucho más breves y casi inmediatamente dejaron un aroma a derrota. No es el caso. No lo es por la sorprendente irrupción de una formación tan atípica como Podemos –cuarta fuerza nacional en menos de cuatro meses–. Los partidos “antirégimen” –Primavera Europea, Podemos y PartidoX– suman más de un millón seiscientos mil votos. Es algo.

Haría falta un análisis pormenorizado de los resultados para explicar quiénes han capitalizado el desplome del PSOE –o sus distintos segmentos–. Pero a simple vista parece que Podemos ha captado voto de feudos tradicionalmente de izquierdas: ha obtenido más apoyo en el cinturón de Madrid o la periferia de Barcelona que en los centros de esas ciudades. Antes de las elecciones era fácil criticar el estilo de Podemos por demasiado izquierdista, su patriotismo, su liderazgo fuerte y de raigambre mediática. Características todas calcadas, o más bien traducidas de las revoluciones progresistas latinoamericanas –incluidos los círculos–. Hoy, parece que sus hipótesis se confirman sobre todo en su aspecto más sorprendente: la posibilidad de articulación de distintos sujetos políticos rescatados para el voto ilusionante: incluidos nuevos pobres, jóvenes sin perspectivas, desempleados, quizás bastantes abstencionistas. Otros, que con toda probabilidad, no se hubiesen planteado nunca votar nada que no fuese socialista. IU no hubiese podido captar estos votos. Es más, es posible que haya tocado techo a menos de que haga creíble que ha dejado de ser ella misma –corrupta, poco democrática y escasamente fiable a pesar de sus bases que son otra cosa–. Esperemos que se hayan dado cuenta.

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Sobre elecciones y 15M: Movimiento por la democracia, Podemos, PartidoX

Este texto fue publicado originalmente en Madrilonia donde hay algunos comentarios interesantes. (Si no conoces ese blog, es de lo mejor para tomarle el pulso a la calle.)

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De un tiempo a esta parte, una pregunta nos ronda: ¿cuál podría ser la expresión electoral del 15M?

Sabemos de dónde venimos: de la crisis de legitimidad del régimen inaugurada por la eclosión del 15M. La oportunidad está abierta, y en esa apertura, hay casi la urgencia de ocupar el nuevo espacio. De no hacerlo, pensamos, algo pasará. Algo que quizás clausure el momento cercenando nuestras esperanzas.

Hace poco en una charla, un famoso teórico político decía que el ciclo de luchas del 2011 había terminado y que había que buscar maneras de institucionalizar esas luchas. La gente se revolvía un poco inquieta en sus asientos. ¿Cerrado? Se nos ocurrían mil ejemplos de batallas vivas, de formas en las que ese ciclo había mutado —pensamos muchas—. Cerrado o no, sí intuimos un clima general de cambio de fase, una necesidad de intervenir en la esfera institucional. Las conversaciones se multiplican. Algunos lo llaman “techo de cristal”. Como las moscas, los movimientos nos golpeamos una y otra vez con la evidencia de que lo que cosemos por aquí nos lo descose el gobierno por allá a golpe de decreto-ley. La PAH es probablemente la organización mejor preparada para mantener pulsos prolongados con la injusta legalidad de manera más violenta y legítima. Pero, ¿hasta cuándo? Porque los cambios legislativos que proponen —tan necesarios— parece que seguirán enrocados en esta ficción de democracia que tenemos a no ser que la arranquemos de raíz y plantemos una nueva.

Cartismo

La Carta por la Democracia es una semilla, pura potencia para ese régimen que está por venir. Una declaración de su posibilidad. Una semilla que estaba en las plazas y que la Carta tan sólo recoge —decimos—. Una propuesta programática básica y una hoja de ruta para arrancar un proceso constituyente. Pero para que el nuevo régimen florezca —la verdadera democracia que estaba en el grito quincemayista— la Carta tiene que bregarse en muchos escenarios, también en las elecciones, asumida por cuantos más mejor. No creemos ya en el asalto al palacio de invierno, o creemos en su asalto por la aparentemente aburrida vía de las urnas.

Así ha sucedido en las “revoluciones” latinoamericanas: momentos destituyentes —el Caracazo de 1989, la guerra del agua boliviana y los presidentes que cayeron por protestas en la misma Bolivia o en Ecuador—. Momentos que fueron seguidos por procesos de acumulación del descontento y de creación de organizaciones, que a veces duraron años, para acabar desembocando en candidaturas electorales que enarbolaban banderas constituyentes. Pero hay que tener algo claro, sin esos momentos previos de acumulación de poder social, estas revoluciones a penas podrían haberse sostenido en el tiempo. Lo vemos ahora con el golpe de estado —por suerte, fallido— que está teniendo lugar en Venezuela. Además, las conquistas sociales de estos nuevos regímenes son indudablemente más débiles allá donde los movimientos están menos articulados y son menos capaces, por tanto, de imprimir cierta dirección a sus gobiernos. A mayor correa de transmisión entre la sociedad organizada y los gobiernos, más y mejor democracia.

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Las camareras de piso tienen que comer en el trabajo

Hace un tiempo entrevisté a Lucía, la compañera de piso de un amigo que es restauradora de arte pero trabaja en varios hoteles. Es la entrada más visitada del blog, se titula: Sí, tengo dos carreras y soy camarera de piso en Mallorca. Las búsquedas de Google por las que la gente da con esta entrada me parecen bastante reveladoras:

diario camarera pisos
porque me duele todo despues de trabajar de camarera de pisos?
camarera de piso en inglés
manos de camarera de piso
las camareras de pisos tienen que comer en el trabajo
soy camarera de pisos y me duele muchísimo la espalda
muchos años siendo camarera de pisos
mañana tengo que empezar a ser camarera de piso y tengo mucho miedo creo que no voy a valer
trabajar de camarera de pisos es muy duro
la crisis la rentabilidad de tiempo y la camarera de pisos
camareras pisos explotacion
camarera protituta en españa
trabajo en hotel y me duelen los pies

La organización de los nuevos pobres: la experiencia de Ciutat Meridiana

Algo que escribí para el Blog de La Fundación de los Comunes, de la que formo parte. Aquí la entrada original.

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Grandes bloques de edificios escalan la montaña como fichas de dominó a punto de caer unas sobre otras. Hay espacio verde entre ellos, algunas plazas, parques para niños. Dos autopistas y las vías del tren rodean el barrio de Ciutat Meridiana, en Barcelona, lo arrinconan contra la espalda de la Serra de Collserola, le recuerdan su condición de extrarradio. Carne de suburbio con vistas privilegiadas a un polígono industrial. Periferia pura desde el minuto uno de sus primeras construcciones allá a mediados de la década de 1960.

El cuchillo de la crisis ha pasado por Barcelona cortándola en dos. A un lado, los barrios ricos, cada vez más ricos. En el otro, los que acariciaron el sueño de creerse clase media durante el boom inmobiliario —nacionales o inmigrantes propios y foráneos—, integrados a la sociedad opulenta vía cuotas hipotecarias y crédito fácil, y ahora con el vértigo del descenso en picado a la vida que la Barcelona real les tiene destinada. Ciutat Meridiana ya es el barrio más pobre de la ciudad y se aleja a toda velocidad de la renta media. Barcelona se polariza, la desigualdad se acrecienta.

Caer acompañados

La asamblea semanal de la Asociación de Vecinos se celebra en unos barracones con carácter provisional desde hace por lo menos veinte años. Dentro, unas cincuenta personas escuchan el orden del día. Muchos nuevos pobres y algunos que antes de la crisis ya caminaban el alambre: inmigrantes hipotecados, ex obreros de la construcción, tenderas que han tenido que bajar la persiana, antiguas empleadas de servicio, endeudados de todo tipo, parados desde hace meses o que han perdido la cuenta de cuándo fue su último trabajo, marroquíes pensando en regresar mientras los niños corretean entre sus piernas. Las nuevas caras de la pobreza: Oguechi, Eva, Efe-Efosa, Monique, Stalin, Cyntia, Mariano, Helen, Jaime, Luz Angélica, Gladis, Faith. Habitantes de la frontera social —en la Barcelona dual que divide a los que si caen, caen de pie, o a los que simplemente caen—.

Caer solo no es lo mismo que caer acompañado.

En la asamblea de la Asociación de Vecinos, José Miguel lee la sentencia del juez que tiene palabras como “ha lugar”, “expedita”, “apercibiéndola”, “condena a costas” o “apelación”. José Miguel no entiende, entre todos —y un poco en desorden—, se traduce. El juez le insta a abandonar la casa que está ocupando bajo amenaza de desalojo y a pagar una multa por el derecho a ser juzgado. Los que ocupan no son bien vistos por la justicia, aunque tengan tres hijos en una ciudad donde te multan por dormir en un banco. A José Miguel le negaron hasta el abogado de oficio. Lo más fácil es irse a otra casa de las 700 que, se calcula, hay vacías en el barrio. Muchas, muchísimas, ya están ocupadas. Hay tantas, que en un mismo bloque pueden llegar hasta seis. La Asociación de Vecinos apoya esta práctica siempre que sea en propiedades de entidades financieras o inmobiliarias. Nadie en la calle, nadie fuera del barrio. También se pide alquiler social, aunque a veces ni siquiera eso se pueda pagar.

Simplemente no hay dinero.

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